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Domingo de Ramos (C) |
Domingo de Ramos
Isaías 50: 4-7; Filipenses 2: 6-11; Lucas 22:14 23:56
La Liturgia de hoy empieza con una procesión, una
caminata en la cual nos unimos con Jesús al principio de esta semana que
llamamos santa. Es una procesión que nos lleva de la entrada de la ciudad de
Jerusalén, luego a Getsemaní, hasta Gólgota, y después a la tumba donde
experimentamos toda la tristeza y desilusión de los discípulos y las mujeres. Es
la semana en que acompañamos a los seguidores de Jesús que no entendieron el
sentido de su muerte. Pero nosotros lo hacemos con la seguridad de la
Resurrección.
Para nosotros, es una caminata de tristeza por la crueldad de la humanidad
enfocada en su propio interés. Pero es una caminata de esperanza por la fe que
nos promete, pues la muerte no es el final de la historia. Es una caminata que
va a permitirnos acompañar a Jesús sacramentado desde el altar en Jueves Santo a
un lugar fuera del Templo, dejándonos tiempo para sentarnos en silencio
contemplando el don increíble de la Eucaristía. Es una caminata por las calles
Viernes Santo que nos permite demostrar públicamente nuestra fe. Y es una
caminata hasta la cruz donde podemos venerarla con reverencia por la salvación
que nos trae.
Esta caminata física es un reflejo de la procesión que hacemos interiormente.
Durante esta Semana Santa, queremos dejar el lugar de desprecio de otros para
llegar a un espíritu de compasión. Queremos dejar el lugar de coraje para llegar
a una paz interior. Queremos dejar la preocupación por si mismos para llegar a
un lugar de generosidad. Queremos dejar el lugar de venganza para llegar al
estado del perdón. Queremos dejar la infidelidad para llegar a un estado de
entrega a la justicia. Queremos dejar nuestras mentiras para aceptar la verdad
de nosotros mismos, que somos débiles y que necesitamos la gracia de Dios.
Este año, será bueno examinar nuestros pensamientos acerca de la venganza. Hemos
visto actos de inmensa crueldad en la guerra en varios países del mundo. En las
noticias, vemos a hermanos matando a hermanos, haciendo blanco a hospitales y
escuelas, terminado la vida de viejos y niños. Nos quedamos en un estado de
confusión y ira. Tal vez la reacción mas normal es la de buscar venganza. Tanto
nos cuesta ver la humanidad de la persona responsable. Hablamos desde nuestros
sentimientos de tristeza extrema. Pero no es suficiente hablar y lamentar.
Tenemos que actuar para proteger la vida de cada uno y vencer la cultura de
violencia que está dañando nuestra sociedad. Como seguidores de Cristo, no
podemos vivir con los deseos de venganza, sino buscar soluciones que respetan la
humanidad de cada uno.
Tal vez nos preguntamos porque llamamos Santa esta semana que tiene tanto dolor,
tortura, crueldad y muerte. No es porque pensamos que el sufrimiento es bueno.
Nuestro Dios no es un Dios de Dolor sino un Dios de Amor. Ni Dios ni Cristo ama
el dolor, sino aman a los que sufren. No aman las lágrimas, sino que aman a los
que lloran. No aman a la muerte, sino a la vida. El Padre de Jesús no es un Dios
que mortifique a los hombres sino un Dios que resucita a los muertos. La cruz es
un símbolo de amor y no una glorificación del dolor. Es el símbolo de amor
llevado hasta el extremo en un mundo lleno de odio. La pasión es una revelación
del amor, del amor que Dios nos tiene a cada uno.
Hoy nos unimos una vez mas a la caminata de Jesús hacia su Padre en toda su
gloria. Empezamos con esperanza y un deseo de llegar este año a una relación con
Jesús más segura que nunca antes.
Sr. Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
(Las últimas siempre aparecen primero).
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