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Pascua 2020

04/12/2020

Hechos 10:34,37-43

Colosenses 3: 1-4

Juan 20:1-9


Este año, nos encontramos en un nuevo momento en la historia.  Las Iglesias quedan cerradas, nos falta la consolación de una comunidad reunida en celebración, y nos parece que la noticia de la Resurrección suena un poca rara.  Hemos viajado por la Cuaresma conociendo el miedo, la duda y la confusión. Muchos han perdido sus empleos y viven en dificultades económicas. Probablemente, la mayoría de nosotros conocemos a familiares o amigos que han sido infectados con el virus y nadie sabe cuánto durará la cuarentena. Hacemos nuestro mejor esfuerzo para permanecer amorosos y llenos de esperanza, pero estamos rodeados de tristeza.

 

Nos da un poco de consuelo leyendo los Evangelios, porque allí, vemos que los primeros discípulos tuvieron la misma dificultad.  Ellos no estaban esperando el tercer día con la expectativa de ver a Jesús vivo.  Ellos habían sido testigos de la crucifixión;  ellos habían visto el cuerpo en la tumba;  ellos habían aguantado el día sábado, descansando según la ley, pero preparando las especias para los ritos de entierro.  El Evangelio hoy nos dice que cuando María Magdalena vio removida la piedra que cerró la tumba, se asustó, pensando que alguien había llevado el cuerpo del sepulcro.   

 

Ella corrió a llamar a Pedro y a Juan, y ellos iban corriendo.  Tampoco estaban esperando la resurrección.  Entraron en la tumba, vieron los lienzos, y al final, dicen las Escrituras, San Juan, el autor de este Evangelio, empezó a entender.  No había visto a la persona de Cristo.  No había tocado sus manos.  No había escuchado sus palabras.  Según San Juan, era un momento de claridad que le venía después de ver el sepulcro vacío.

 

Si fue tan difícil para María Magdalena, Pedro y Juan, ¿cómo puede ser diferente con nosotros?  Tenemos las mismas palabras de Jesús.  Tenemos experiencias de dolor y de muerte.  Tenemos el sentido de abandono.  Pero tenemos también la fe, la fe que nos dice que Cristo vive y por medio de Él, estamos transformados en seres completamente nuevos.  Ya sabemos que la muerte no es el final.  Ya sabemos que podemos revivir con la fuerza del Espíritu.  Ya sabemos que somos capaces de dar testimonio de amor y de perdón.  Ya sabemos que la alegría es nuestra herencia, aquí en la tierra como en el cielo.

Ahora, con la fiesta de la Resurrección, aprendemos nuevamente que nuestro Dios ha vencido la muerte y viene a nosotros entre los vivos. Entonces elevamos nuestros corazones a Dios y cantamos alabanzas. Nuestro Dios no nos ha abandonado, sino que nos ha dado un camino desconocido a seguir. "Entra en la tierra de los vivos y encuentra al que va delante de ti".


"Sr Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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