XXX Domingo de Tiempo Ordinario (ciclo C)

– 23 de Octubre de 2022

Lecturas: Eclesiástico (Sirácide) 35, 12-17. 20-22 / Salmo 33 / 2 Timoteo 4, 6-8. 16-18 / Lucas 18, 9-14


 

Las letras de una canción romántica del ayer dicen, “Conocerme es amarme.” Siempre he pensado que la canción está equivocada. Mas cierto y con más significado cristiano, es decir, “Amarme es conocerme.” Sin embargo, la lectura del evangelio según san Lucas que escuchamos en la misa de hoy no se trata de componer canciones románticas sino hablar del fruto del conocimiento de sí mismo, de su persona en la actualidad y el conocimiento íntimo que tiene Dios de nuestra propia vida y de nuestro ser.

 

Pero ¿qué hace Dios con tanto conocimiento de nosotros? En pocas palabras, amarnos más y amarnos siempre. Entre personas, el conocimiento es un fundamento de la amistad y algo que va creciendo en la medida en que estamos dispuestos de amar. Podemos pensar en la misma manera sobre nuestra relación y amistad con Dios.

 

Con semejante trasfondo, ¿De qué sirve hablar en una manera deshonesta o a faltar humildad ante Dios cuando su conocimiento de nosotros es pleno y completo? El fariseo fue la única persona convencida de su postura piadosa falsa y de su actitud de superioridad que fue en verdad en gran ejemplo de soberbia. 

 

La única persona que sale decepcionada de semejantes encuentros y con las mismas actitudes es la misma persona que piensa y actúa en semejante manera. Dios sabe la verdad de una persona mejor que la persona misma, pero siempre para invitarnos a pensar y actuar más allá de nuestros pecados. Confiar en la misericordia del Señor nos impulsa a vencer y superar nuestro orgullo y nuestra arrogancia y es el comienzo de la verdadera humildad.

 

Ser auténtico y honesto ante Dios es quizá la mejor manera de manifestar nuestra confianza en su eterna misericordia. Además, demuestra entendimiento practico de la omnisciencia de Dios. Dios nos conoce profundamente y sabe todo sobre nuestra vida, pero más que un poder divino es fruto de su gran y eterno amor por nosotros.

 

Jesucristo nos enseña que era el publicano que sintió el peso de sus pecados y reconoció la compasión de Dios como la única fuerza capaz de levantarlos. Por su humildad no pudo levantar sus ojos a mirar hacia el cielo, pero Dios levantó su alma.

 

Confiar en Dios y ver sus atributos divinos, entre ellos la omnipotencia y la omnisciencia, como sus poderes de amarnos plena y eternamente y no como fuerzas castigadoras es uno de los signos más sinceros de haber alcanzado madurez espiritual y moral. El Señor nos acompaña en el camino hacia la conversión y hacia una mayor confianza en su misericordia.

 

El reconoce los obstáculos que enfrentaremos antes de que nosotros los encontraremos. Pues, más que saber la situación actual y futura de nuestra vida, él conoce nuestro corazón y nos invita a conocer y gozar la verdadera libertad. 

 

Paz y bien,

P. fray Charles Johnson, OP