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DUODÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

6.20.2021

Job 38:1, 8-9                                                                                 

Corintios 5: 14-17

Marcos 4: 35-41


 

La frase que más me llama la atención en el Evangelio hoy es “¿Por qué tenían tanto miedo?  ¿Aún no tienen fe?”  La pregunta parece absurda.  Los discípulos estaban en la barca, entre varias otras barcas.  Se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca llenándola de agua.  Y durante toda esta tormenta, Jesús se quedó dormido.  Me parece imposible no tener miedo, y tal vez un poco de coraje por el hecho de que Jesús no les estaba ayudando a los demás. 

 

Me parece que lo que Jesús quería enseñar es que una vez que tenemos a El en nuestra medio, se puede confiar.  Junto a Dios, tenemos la seguridad de estar amados, y tenemos la libertad de amar a la vez.  Dios confía en nosotros, Jesús nos entrega su Cuerpo y su Sangre, y nos invita a participar en la salvación del mundo.   Ahora podemos confiar en los demás también.  Todos somos envueltos en una manta de su compasión y misericordia.  Si, nos encontraremos dentro de tormentas, pensando que nos vamos a hundir.  Pero tenemos su promesa de estar siempre a nuestro lado, mismo cuando no sentimos su presencia. 

 

Yo se que no es fácil vivir con esta confianza.  Cada uno venimos a la vida con nuestra historia de desilusión y penas.  Muchos hemos pasado por momentos de traición; hemos llorado lágrimas de dolor; hemos sufrido la angustia de perder a un ser querido.  Aprendemos temprano en la vida que tenemos que protegernos de la maldad de enemigos y la risa de gente celosa.  Faltamos confianza en nuestros dones.  Experimentamos el rechazo.  Nos quedamos heridos en el alma y en la autoestima.  Quedamos entre las olas de la vida con miedo, preguntándonos por qué Jesús no nos ayuda en los momentos de apuro.   

 

Pero es exactamente en estos momentos que escuchamos la pregunta de Jesús.  “¿Por qué tienen miedo?  ¿Aún no tienen fe?”  La llamada del Evangelio es la llamada a tener confianza, de confiar, de extenderse en amor, de sembrar semillas de esperanza, de buscar el Reino en los lugares menos accesibles, de atreverse a entrar en relación con los demás y formar parte de la comunidad de fe.  Y no podemos hacer esto solos.  No, tenemos que confiar en el poder de Dios, el poder de la vida del Resucitado, el poder del Espíritu Santo siempre con nosotros.

 

La contradicción de la vida es que podemos cumplir esta misión compartiendo nuestras debilidades y vulnerabilidad.  Podemos decir con confianza, “No soy perfecto, no tengo todas las respuestas, no se siempre lo mejor camino.  Pero lo que sí, yo sé con seguridad, es que Jesús está a mi lado y es a El que hasta el viento y el mar obedecen.”  Puedo entregar mi vida a Jesús, siguiendo sus pasos de solidaridad, de compasión y de compartir.

 

Las lecturas hoy nos enseñan que Dios no se explica cuando nosotros, los seres humanos, pedimos respuesta por lo que no entendemos.  Dios no le dio la razón a Job acerca de por qué la tenía que sufrir tanto.  Más bien, escuchamos que el Dios que cuida la tierra, las nubes y el mar, cuida también de la gente sufrida.   Protege el mundo de la arrogancia de sus olas.  Y en el Evangelio, Jesús reprocha a los discípulos por su falta de fe.  El está vigilándonos, mismo cuando parece que está dormido.

 

Venimos hoy a la misa en medio de las tormentas de la vida.  Tenemos tormentas de relaciones íntimas, tormentas de preocupación económica, de los hijos, del trabajo, de la salud y de los sentimientos.  Escuchamos, hermanos y hermanas, las palabras de Jesús.  “¿Por qué tienen miedo?  ¿Aún no tienen fe?”

 


"Sr. Kathleen Maire, OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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