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Ascensión

Hechos 1: 1-11

Efesios 1: 17-23

Hebreos 9: 24-28, 19-23

Lucas 24: 46-53


 

Nuestra tradición religiosa está repleta con signos de contradicción.  Jesús nos dice que es solamente cuando vivamos pobres que somos espiritualmente ricos.  Que es solamente cuando compartimos el dolor de los excluidos que podemos conocer la plena alegría y es solamente cuando sufrimos con los oprimidos que llegaremos a conocer la verdadera libertad.  La ascensión es el colmo de los signos de contradicción.  Porque es solamente cuando Jesús ya no está entre nosotros en su persona humana que podemos estar unidos con El por el poder del Espíritu Santo.  No le podemos ver, ni tocar, ni escuchar, y, sin embargo, Él es más cerca que nuestro aliento.

 

La realidad de la Encarnación consiste en el deseo de Dios de acercarse a nosotros en una manera definitiva, compartiendo nuestra carne y sangre, viviendo las alegrías y las penas de la persona humana, y experimentando los éxitos y los fracasos de la condición humana.  Para cumplir este compartir no solamente con una generación, sino con todas las generaciones de la historia, Jesús tenía que dejarnos y mandar el Espíritu Santo- el Espíritu que habita en nosotros hoy y por toda la eternidad.  Es por medio del Espíritu que participamos en la transfiguración de la carne humana- que, con la recepción de su Cuerpo y Sangre, recibimos la vida divina.  Entonces, lo que percibimos como una separación en la Ascensión es verdaderamente el comienzo de una vida intima con Dios.

 

Puede ser que cuando los discípulos vieron a Jesús llevado a los cielos, sintieron otra vez el dolor de una perdida.  Pero esta vez, no se quedaron encerrados en un cuarto con miedo.  El Evangelio nos dice que salieron a predicar en todas partes y además, que el Señor trabajaba por medio de ellos y confirmaba sus palabras por signos milagrosos. 

 

La Ascensión no es una celebración de ausencia.  Es más bien una manifestación del amor que existe entre el Padre, Jesús y el Espíritu Santo.  Es también una promesa de presencia, de acompañamiento, de cercanía que es más duradera que una presencia humana.  El misterio de la Encarnación se ha manifestado.  Y ahora, desde este momento, tenemos la posibilidad de vivir en unión con nuestro Dios, quien comparte con nosotros el poder de manifestar su amor por medio de nuestras palabras y obras.

 


"Sr. Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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