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VI Domingo de Pascua

Hechos  15: 1-2, 22-29

Apocalipsis  21; 10-14, 22-23

Juan 14: 23-29


Para nosotros, los seres humanos, una de las situaciones de que más tenemos miedo es la de quedarnos abandonados, de estar solo, sin alguien que nos ama.  Este miedo se manifiesta temprano en la vida, cuando el niño se pone ansioso al ver a sus padres alistándose para salir.   Es peor durante la adolescencia, cuando tantos jóvenes se creen que no van a encontrar a su enamorado.  Y entre los ancianos, el dolor que más les hace sufrir es la muerte de su esposo y el vacío de su existencia sin su compañero de vida.  Este terror de estar solo es la razón porque tantas mujeres aguantan abuso  en sus matrimonios.  Prefieren el maltrato a la idea de quedarse solas.

 

Entonces, podemos imaginar los sentimientos de los discípulos de Jesús cuando, después de la Resurrección, El empieza a hablar de su salida del mundo.  Sus discípulos ya le habían perdido en el momento de su muerte.  Se asustaron con su apariencia después de la Resurrección y se iban acostumbrándose otra vez a su presencia física.  Y ahora, El está hablando de salir otra vez, definitivamente.  Y no solamente les dice que se va a su Padre, pero dice también, “Si me amaran, se alegrarían de que me vaya…”

 

Seguro que una cosa que les dio miedo era la idea de que tendría que solucionar sus problemas y enfrentar oposición solos.  Deberían preguntarse donde podrían encontrar la fuerza y la dirección necesaria para seguir fiel en un mundo hostil.  Tenían la convicción de la Resurrección, pero ¿como comunicar el poder de Dios, la victoria de la vida sobre la muerte, el triunfo de la verdad sobre la mentira, la fuerza de la compasión, el perdón y la misericordia?  ¿Cómo podrían enfrentar a las autoridades que seguían pensando a los discípulos como sospechosos?   ¿Qué iba a pasar cuando no sabían la respuesta a las preguntas que les harían nueva gente?

 

Vemos que Jesús trata de asegurarles con la promesa del Espíritu Santo, el Consolador, que el Padre les enviará en su nombre.  Jesús promete que el Espíritu enseñará todo lo que tienen que saber, y además, El les promete la paz.  Jesús inicia un modo nuevo de relación de la persona humana con Dios. Con la venida del Espíritu será posible una intimidad de nuestro ser con Dios, siempre presente, siempre interesado, siempre fiel. Tal vez no se sentían bien en este momento, pero después, seguro que entendieron la importancia de esta promesa.      

 

El Espíritu vendría no solamente al corazón de cada uno, sino vendría  a la comunidad reunida, a los encargados de esta nueva Iglesia, y a los que tienen que buscar soluciones a nuevas problemas.  Vemos en la primera lectura que hubo una crisis en la primera Iglesia, acerca de las costumbres de los judíos y los no-judíos.  El conflicto era tan serio que los discípulos se reunieron en Concilio para resolverlo. La resolución venía, según los apóstoles, del “Espíritu Santo y nosotros”.  Lo importante era que existía una sola Iglesia, una sola fe, una sola comunidad.

 

Nosotros escuchamos la misma promesa del Espíritu que nos está acompañando siempre.  Sabemos que existe muchos conflictos y crisis en la Iglesia hoy, algunos entre las culturas que existen en una misma parroquia.  Podemos rezar con confianza que tendremos la gracia de estar abiertos al Espíritu en la búsqueda de soluciones.  Así, serviremos como señal de la presencia de Dios, llenos de paz y confianza en el poder del Espíritu para crear comunidad entre varias culturas.  La presencia de Jesús será visible al mundo según la medida de nuestra colaboración con el Espíritu Santo. 

 


"Sr. Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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