02.02.2020

Presentación

Malaquías 3:1-4

Hebreos 2:14-16

Lucas 2: 22-40


Aquí estamos cuarenta días después de la Navidad y la Iglesia nos invita a contemplar la Sagrada Familia cumpliendo con las leyes de Moisés.  Parece que hicieron el viaje a Jerusalén y allá ofrecieron la ofrenda de los pobres, un par de pájaros, como prescribió la ley.  Pero pasó algo fuera de lo ordinario.  Encontraron a un hombre justo y temeroso de Dios, quien estaban esperando la venida del Mesías.  Este hombre, Simeón, estaba lleno del Espíritu Santo y pudo reconocer al niño Jesús como el prometido de Dios.  Tomó al bebe en sus brazos y ofreció su oración a Dios, dando gracias que había visto al Salvador de Israel.

Era igual con la profetisa Ana, una mujer santa que pasó su tiempo en el Templo, rezando y alabando a Dios.  Ella, también, por el poder del Espíritu Santo, pudo reconocer al Mesías y empezó a dar gracias a Dios y compartir la Buena Nueva con todos los fieles.  Dos personas distintas, a diferentes momentos, teniendo la misma gracia en su vida.

Sabemos que la lectura dice que estos dos individuos estaban llenos del Espíritu de Dios y por eso tenían la capacidad de reconocer al Mesías en este niño humilde que llegó al templo con sus padres.  Sin conocerle por su nombre o por alguna señal de sus padres, se dejaron abiertos a todo lo que Dios les ofreció y recibieron este poder de Dios.

Este Espíritu que llenó a Simeón y a Ana es el mismo Espíritu Santo que cada uno de nosotros recibió en el sacramento de Bautismo.  Es el mismo Espíritu que vino con sus dones en el sacramento de Confirmación.  Y es el mismo Espíritu que nos llena el corazón cada vez que venimos a la misa.  Entonces, nos queda la pregunta, ¿“Estamos nosotros reconociendo la presencia de Jesús en las circunstancias diarias de nuestra vida?”

Tal vez era fácil recordar reconocer la presencia de Dios en medio de las celebraciones de la Navidad, pero ahora que estamos en nuestra rutina otra vez y quedamos con problemas de dinero, de salud y de situaciones entre familiares, podemos perder de vista la realidad de Dios con nosotros.  Es ahora cuando tenemos que pedir la ayuda del Espíritu Santo para ver la realidad al nivel espiritual.

En cualquier situación hay tres niveles de percepción.  Al mirar a un grupo, podemos ver al nivel físico, por ejemplo, hay un grupo mixto de jóvenes, de niños y de ancianos.  Al nivel social, vemos que es un grupo de pocos recursos, o de varias razas.  Y al nivel espiritual, vemos que todos están en relación con la fuente de vida, que son hijos e hijas amados de Dios.  Esta visión espiritual es posible solamente con la ayuda del Espíritu Santo.

Hoy cuando estamos contemplando a los profetas Simeón y Ana, debemos pedir al Espíritu Santo el don que tenían estos dos, el don de reconocer la presencia del Mesías en nuestro alrededor.  Jesús está presente en los niños de nuestra comunidad, en los compañeros de trabajo, en los vecinos, en nuestros parientes, en los desamparados que vemos en la calle, en los que están sentados a nuestro lado en la Iglesia.  Entonces, oremos todos, “Ven, Espíritu Santo.”


"Sr Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>