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Homilías Dominicales

Queridos lectores:

 

La pandemia y el orden de quedarse en casa han sido nuevas experiencias para casi el mundo entero.  Ocupando nuestra atención por dos meses, ciertamente los dos han causado bastante ansiedad.  Gracias a Dios, el evangelio este domingo se dirige a este tema.  Escuchamos a Jesús diciéndonos que no va a dejar a sus discípulos desamparados.  Más bien, va a acompañarlos por las dificultades venideras.  Mi intención en esta homilía de modelo es compartir con la gente esta seguridad de Jesús.  Realmente no están separados en su ausencia.  Más bien, Jesús tiene modo de estarles presente.

 

Que Dios nos conserve por la pandemia y que siempre quedemos cerca de Él.

 

En el amor de Cristo,

Padre Carmelo

 


 

EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA, 17 DE MAYO DE 2020

 

(Hechos 8:5-8.14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21)

 

En los últimos dos meses el mundo entero se ha conocido con Zoom.  Este programa de computadora facilita encuentros con personas que no están presentes.  Ha sido particularmente útil durante el orden de quedarse en casa para disminuir la propagación del virus Corona-19.  Los negocios lo ocupan para conducir reuniones.  Las escuelas enseñan clases con ello.  Aun los amigos hacen fiestas por Zoom con cada persona en su propia casa.  Zoom representa sólo el modo más corriente para experimentar la presencia en ausencia.

 

Pero la gente desde siempre ha tenido modos para traer a mente la presencia de personas ausentes.  Las cartas todavía transmiten los pensamientos de amigos separados.  Los soldados han llevado recuerdos de sus familias a las frentes de batalla con fotos. Llamadas telefónicas parecen cerrar las distancias entre conocidos.  En el evangelio hoy Jesús promete estar presente a sus discípulos una vez que los deje.  Indica  dos formas particulares que usará para consolarlos cuando se vaya.

 

Jesús ha congregado a sus discípulos para cenar.  Él sabe que la hora ha llegado para sacrificarse por toda humanidad.  Quiere despedirse de aquellos que lo han acompañado por mucho tiempo.  Cuando comparte que tiene que dejarlos, sus discípulos se hacen turbados.  Tienen preguntas: “’¿Cómo sabemos el camino?’” y demandas: “’’Enséñanos al Padre’”.  Realmente no entienden lo que está pasando.  Sólo se sienten ansiosos con la partida  inminente de su líder.  Es semejante a la ansiedad que muchos se sienten ahora.

 

La persistencia de nuevos casos de Covid-19 ha hecho a nosotros ansiosos.  No sabemos si sería mejor seguir quedándonos en casa o reanudar las actividades normales.  Nos preguntamos si es prudente permitir que se abran los restaurantes y si es el tiempo indicado para celebrar las misas públicas.  No queremos poner en peligro ni a nosotros mismos ni a otras personas.  Pero tampoco queremos perder nuestros empleos o el ingreso para pagar las cuentas amontonando.

 

Pero la ansiedad no es nueva.  Los psicólogos dicen que en los últimos años los jóvenes se han angustiado sobre sus preocupaciones.  Demasiado atentos a los medios sociales los jóvenes se comparan a sí mismos siempre con los demás.  Se preguntan si son tan guapos, inteligentes, y capaces de ganar mucha plata como otras personas.  De verdad, miembros de todos grupos sociales tienen sus inseguridades.  Los mayores se preguntan si van a tener la salud ambas física y mental en la vejez.  Los ancianos piensan en la muerte no seguros si existe la vida después y si compartirán en ella.  Aun los niños están más ansiosos que nunca.  Con tanta la publicidad que han recibido el calentamiento global, se preguntan si el mundo será habitable cuando se hagan adultos.

 

En medio de estas preocupaciones escuchamos las palabras consoladoras de Jesús.  Nos aseguran que no vamos a ser dejados desamparados.  En primer lugar él va a enviar el Espíritu Santo para ayudarnos.  El Espíritu habita en nosotros como un GPS en un coche siempre asegurándonos que estamos acercando nuestro destino.  También Jesús promete que él mismo volverá para acompañarnos en las pruebas.  Se cumple esta promesa con los sacramentos.  Cuando somos bautizados, es Jesús que nos recibe en la iglesia, su cuerpo.  Él nos ampara de las seducciones – drogas, sexo ilícito, ideas pretenciosas de nuestra propia grandeza -- que a menudo hacen tropezar a la gente.  Cuando el sacerdote nos unge con el olio de los enfermos, es Jesús que nos fortalece.  Él hace posible que enfrentemos aun la muerte con la paz. 

 

Una vez un niño tenía dificultad dormir.  Estaba aterrorizado de la muerte porque la hermana de un amigo acabó de morir de leucemia.  Fue a la recamara de su madre y le contó de su miedo.  La madre lo invitó a pasar la noche en su cama.  Ella le dijo que todo será bien porque Dios nos ama.  Esto es el mensaje del evangelio hoy.  No tenemos que quedarnos ansiosos.  Dios nos ama.  Él manda a Jesús para acompañarnos.  Todo será bien.

 

"Carmen Mele, OP"  <cmeleop@yahoo.com>

 


 

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