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11.01.2020

 

Apocalipsis 7:  2-4, 9-14

1 Juan 3: 1-3

Mateo 5: 1-12


 

Hoy entramos en el mes de noviembre y la Iglesia nos recuerda la belleza y la fragilidad de la vida humana.  Hoy y mañana celebramos la bondad y el amor de Dios que encontramos entre parientes y vecinos.  Vemos que hay millones de personas que podemos llamar “santos”.  Son ellos que nos han iluminado el camino de la vida, los que siguen entre nosotros y los que ya han pasado a la unión perfecta con Dios.  

 

Cuando la Iglesia proclama a una persona santa, hay un proceso muy complicado y ceremonias detalladas que marca la ocasión.  Pero en las escrituras, encontramos otra realidad.  La carta de San Juan que leemos hay nos dice que es el amor de Dios que nos hace santos.  Insiste que Dios no solamente nos llama hijos y hijas, sino que es lo que somos.  Dice que vamos a ser semejantes a Dios, tal es su amor para nosotros.  Compartimos la misma santidad que Dios- una gracia gratuita que esta renovada cada vez que recibimos la santa Eucaristía. 

 

El Evangelio de hoy nos explica los criterios que Jesús nos presenta para la vida santa.  No habla de los que hacen cosas heroicas, ni de los que dan su vida en el martirio.   Estamos acostumbrados a pensar en los santos como mujeres y hombres que viven en monasterios, aislados del mundo para entregarse al Señor.  También pensamos como santos los que viajen por tierras lejanas predicando el Evangelio y sufriendo mucho por la causa de la Iglesia.  Pero en el Evangelio de San Mateo, Jesús habla de los que lloran, de los sufridos, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, y de los que trabajan por la paz y la justicia.  Estos pobres de la tierra viven desconocidos, pero preciosos a los ojos de Dios. 

 

Tal vez meditando la lectura podemos pensar que es el sufrimiento que los hace santos.  Pero no es el sufrimiento que da gloria a Dios, sino la fidelidad de los hijas e hijas que aceptan la persona de Jesús y se dedican a vivir según sus enseñanzas.  El camino no es una seria de leyes, sino acciones que podemos imitar cada día y en cualquier momento. 

 

¿Entonces, cuál debe ser nuestro programa para la santidad?  Vemos que cada una de las bienaventuranzas trata del Reino de Dios, un Reino donde no existe el hambre, la sed, la injusticia ni la exclusión de los pobres. Los santos de Dios son los que se entregan a eliminar los sistemas que opriman a los pobres y los mantienen en la miseria.  Los santos de Dios son los que consuelan con su trabajo a los que viven marginados por la perdida de su dignidad, por el miedo y por la desespera.  Los santos de Dios son los que se entregan a la justicia, no solamente por si mismos, sino por todos.  Los santos de Dios son los que extienden a otros la misericordia que ellos han recibido de Dios.  Y la Buena Nueva es que todos conocemos estos santos de Dios que viven entre nosotros hoy en día.

 

Es bueno pensar que el Reino de Dios empieza aquí en la tierra, en nuestro tiempo.  Dios nos llama a la felicidad ahora, a pesar de lo que tenemos que sufrir.  No debemos gloriarnos en el dolor.  Más bien debemos alegrarnos en el amor misericordioso de nuestro Dios de compasión.

 


"Sr. Kathleen Maire  OSF"  <KathleenEMaire@gmail.com>


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