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3.29.20

V Domingo de Cuaresma

Ezequiel 37: 12-14

Romanos 8: 8-11

Juan 11: 1-45


Diariamente escuchamos noticias de enfermedad y contagia que nos deja con miedo y frustración.  Queremos hacer todo lo posible para protegernos, pero no podemos saber exactamente como.  Queremos regresar a la rutina normal de la vida, pero no es posible.  Queremos vivir con confianza en Dios, pero la realidad de la muerte es aún más fuerte.  Quedamos con la ausencia de respuestas de la comunidad medica y los gobiernos.  Nos preguntamos, ¿“Está Dios con nosotros?”

 

En este tiempo de incertidumbre y duda, las lecturas vienen como mensaje de esperanza y aliento.     

 

En la primera lectura, el profeta Ezequiel está hablando al pueblo de Israel que acabó de sufrir una derrota completa, con su gente llevados como captivo a la tierra del enemigo.   El mismo pueblo pareció como muerto.  Sin embargo, el profeta les asegura que vivirán otra vez.  El Dios de Israel no los ha abandonado.  Ellos experimentarán una vida que brotará del Espíritu de Dios.  Hay una promesa de vida, aunque parece que todo está destrozado.  Vemos que lo que apareció un triunfo de la muerte, está cambiado en un triunfo sobre la muerte. 

 

El Evangelio nos cuenta de unos amigos bien amados de Jesús: Marta, María y Lázaro.  Es una escena de ternura e intimidad.  Con Marta, Jesús entra en una conversación teológica muy profunda y  María es un maravilloso ejemplo de fe.  Marta cree que Jesús tiene poder sobre la vida de su hermano.  Y Lázaro  es el recipiente de todo este amor, regresado de la muerte a la vida.   Es fácil ver que este relato trata de la vida, pero trata también de la fe. 

 

Jesús dice a sus discípulos, “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean.”  Después, dice a Marta, “El que cree en mi, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.”  Y al final, leemos que muchos de los judíos que habían ido a la casa de Marta y María empezaron a creer en El. 

 

La pregunta para nosotros es “¿Que tenemos que creer?”  Más que todo, tenemos que creer en la persona de Jesús; creer que El nos promete la vida eterna; creer que El nunca nos deja solo;  creer que Dios es un Dios de compasión y misericordia; creer que la vida triunfa sobre la muerte; creer que lo que está muerto en nuestro corazón puede encontrar nueva vida; creer que podemos perdonar; creer que podemos encontrar alegría después de profundo dolor; creer que hay belleza en la vida; creer que hay esperanza cuando no podemos ver la luz; creer que la fe de la comunidad nos lleva a través de nuestros problemas; creer que Dios puede resucitarnos a nuevas posibilidades. 

 

Jesús puso a Marta la pregunta, “¿Crees tú esto?”  Tal vez la misma pregunta es la que deberíamos  hacer cada uno a nosotros.  Con Marta, con la gracia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, podemos contestar, “Si, Señor.  Creo.”  No es solamente cuando nos encontramos cara a cara con la muerte.  Tenemos que creer cada vez que nos encontramos desanimados, sin ganas de seguir en la lucha de la vida, cada vez que vemos la victoria aparente del mal.  Esta lucha de la fe es una batalla que ocurre cada día, porque la vida nos presente ejemplos diarios donde la muerte parece ganar.  Por eso, en estas alturas de la Cuaresma, es más importante que nunca que contestamos a la pregunta de Jesús con la seguridad de Marta, “Si, Señor.  Creo.”

 


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